Angiolo Mazzoni Del Grande, ingeniero italiano en Colombia y las propuestas para una teoría de la restauración arquitectónica

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Angiolo Mazzoni Del Grande, Italian engineer in Colombia and a propose for an architectural restoration theory

Olimpia Niglio

Kyoto University (Japan), Fellowship at Kunsthistorisches Institut in Florence (Italy)

Olimpia Niglio, arquitecta italiana, profesora de Restauración de la Arquitectura en la Kyoto University (Japan) Graduate School of Human and Environmental Studies y profesora extrajera por el año 2014 en la Universidad de Bogotá Jorge Tadeo Lozano, Colombia donde fue Investigador Principal de la investigación internacional: Arquitectos italianos en Colombia. El caso de Angiolo Mazzoni Del Grande. Desde el año 2015 es Secretario General del International Institute Life Beyond Tourism en Florencia (Italia) y Profesora Invitada en Kunsthistorisches Institut de Florencia (Italia). Es autora de más de 250 publicaciones en el campo de la historia y de la restauración de la arquitectura. Correo electrónico:   [email protected]

Recibido: 10 de Octubre de 2015
Aceptado: 28 de Octubre de 2015
Disponible en línea: 01 de Enero de 2016

CC BY-NC-ND

Resumen

La cultura de la restauración de la arquitectura en Colombia comenzó a manifestarse en la segunda mitad del siglo xx, cuando el arquitecto Carlos Arbeláez Camacho, profesor de la Universidad Nacional de Colombia, instituyó los primeros cursos de historia colombiana del arte. En marzo de 1948, llegó a la misma Universidad el ingeniero italiano Angiolo Mazzoni Del Grande para iniciar, en un primer momento, los cursos de Composición y Urbanismo y, luego, los cursos de Historia de las construcciones y de la arquitectura. La realidad política y social colombiana en aquellos años fue muy compleja y la cultura de la modernización había favorecido la demolición de muchos edificios históricos, tanto civiles como religiosas. En 1902 surgió la Academia Colombiana de Historia, con la finalidad de proteger el patrimonio cultural desde la época prehispánica hasta el siglo xx, pero no tuvo un valor decisional. Con referencia a estas premisas, el presente artículo tiene como finalidad analizar la seis contribución heredada en Colombia por el ingeniero Angiolo Mazzoni Del Grande, tanto como profesor en la Universidad Nacional de Colombia o como profesional de muchos proyectos de restauración en la ciudad de Bogotá. La postura fue extraída de un análisis deductivo a partir de la revisión de algunos artículos, proyectos arquitectónicos y entrevistas.
Palabras clave: Angiolo Mazzoni Del Grande, Restauración, Colombia, Patrimonio, Arquitectura histórica.

Abstract

The culture of the architectural restoration in Colombia began to emerge in the second half of the twentieth century when the architect Carlos Arbeláez Camacho, professor at the Universidad Nacional de Colombia, had established the first courses of the history of Colombian art. In March of 1948 the Italian engineer Angiolo Mazzoni Del Grande had arrived in Colombia and at the same University he began before the courses of Composition and Planning and then the courses of history of building and history of architecture. In those years the political and social reality of Colombia was very complex and the culture of modernization had favored the demolition of many historic civil and religious buildings. In 1902 was born the Colombian Academy of History with the aim of protecting the cultural heritage since pre-Hispanic times until the nineteenth century, but it not had an operative value. With reference to these premises the paper intends to analyze the contribution by Angiolo Mazzoni Del Grande as professor at the Universidad Nacional de Colombia and as professional engaged in various restoration projects in the city of Bogotá.
Keywords: Angiolo Mazzoni Del Grande, Restoration, Colombia, Heritage, Historical Architecture.

Introducción
El concepto de “restauración”, en su sentido contemporáneo, se entiende un método crítico destinado a la conservación de los testimonios materiales que tienen valor para la civilización. Esta definición no encuentra cotejos científicos, sino a partir de la mitad del siglo xix, cuando se empezó a analizar el patrimonio cultural, heredado también, en función de las acciones ejecutadas sobre el mismo en el transcurso del tiempo. En realidad, hasta la primera mitad del siglo xix se realizaron intervenciones sobre el patrimonio, tanto artístico como arquitectónico, sin considerar ninguna fractura entre la obra sobre la cual se intervino y el propio tiempo: la obra, como portadora de función y de calidad artística, estaba concebida como algo perennemente actual y, por lo tanto, fácilmente útil también para funciones diferentes de las que fueron planeadas.
Sin embargo, es interesante observar la atención por la conservación de las obras artísticas y arquitectónicas, como en el pasado había sido definida por diferentes acercamientos metodológicos. Haciendo referencia a la historia de la humanidad, es interesante hallar operaciones tendientes a la conservación y a la reutilización, sobre todo en la arquitectura, por razones de carácter funcional, religioso, político y también representativo. Analizando la historia de la arquitectura occidental, es fundamental constatar que intervenciones de conservación en construcciones ya habían sido llevadas a la práctica desde la época romana. Muchos descubrimientos, sobre todo en las excavaciones de la ciudad de Pompeya en Italia, son testimonios precisamente de esta atención particular por la conservación de las construcciones (Niglio, 2013a).
Pero la moderna concepción de la restauración de los monumentos se remonta a una fecha bien precisa: 1794, cuando la Convención Nacional francesa expidió un decreto para la conservación de los monumentos debido a los daños causados por la Revolución de 1789. A partir de este momento, se inició una serie de iniciativas culturales y programáticas destinadas a la conservación del patrimonio heredado, muchas de las cuales fueron llevadas a la práctica por intelectuales e instituciones. Solo desde este momento se puede empezar a hablar concretamente de restauración de los monumentos. Obviamente, todo esto se refiere a la cultura occidental europea y, en particular, a países como Francia, Inglaterra, Alemania e Italia donde, a partir del siglo xix y gracias a la actividad de arquitectos, historiadores del arte, literatos y otros movimientos culturales, se promovieron diferentes metodologías de estudio, de proyecto y de intervención para la conservación de las obras de arte y de arquitectura (Choay, 1995).
Estas primeras teorizaciones se manifestaron en Francia con Eugène Emmanuel Viollet-ella-Duc (1814 -1879), en Inglaterra con John Ruskin (1819 -1900) y William Morris (1834 -1896), en Austria con Alois Riegl (1858 -1905) y Max Dvorák (1874 -1921), y en Italia con Camillo Boito (1836 -1914) y Gustavo Giovannoni (1873–1947). Sin embargo, las teorías de la conservación de los monumentos solo empezaron a tener influencia en la cultura del continente americano a partir de la segunda mitad del siglo xx, gracias a la presencia de jóvenes americanos en las universidades europeas. En muchos otros casos, también se trató de jóvenes de familias diplomáticas, a menudo nacidos en Europa en dónde desarrollaron sus estudios, quienes luego en sus países de origen, introdujeron las innovaciones culturales procedentes del occidente europeo (Niglio, 2013a).
Este es el caso del colombiano Carlos Arbélaez Camacho, que estudió en Francia y en Bélgica y quien, una vez de regreso a Colombia, consiguió el título de arquitecto en la Universidad Nacional. En 1945, aceptó dictar la cátedra de Introducción a la Arquitectura en la Universidad Nacional de Colombia y en 1963 fundó el primer Instituto de Investigaciones Estéticas en la Pontificia Universidad Javeriana. Poco tiempo después (1967), Arbeláez Camacho fundó también la revista Apuntes, como órgano de divulgación de las actividades del Instituto para la difusión de la cultura histórica y para la conservación del patrimonio arquitectónico y artístico colombiano (Borrero, 1969).

Método de análisis
Para conocer las aportaciones teóricas de Mazzoni a la disciplina de la restauración, se realizó una revisión documental sobre algunos artículos escritos, entrevistas y planos de proyectos de restauración elaborados durante su estancia en Colombia. Luego de la revisión documental, se procedió a realizar un análisis deductivo, donde se evidencian los principales aspectos que consideró para sus proyectos de restauración, relacionando la obra con los escritos publicados, donde se lograron identificar seis aspectos fundamentales. Finalmente, se evidencia su postura de conservación arquitectónica con la presentación de ilustraciones de sus proyectos de restauración, notas escritas y una entrevista que se incluye como anexo en este mismo artículo.
Teorías de la Restauración arquitectónica en Colombia y el importante papel de Angiolo Mazzoni Del Grande en la Universidad Nacional de Colombia
Carlos Arbeláez Camacho fue un historiador del arte y de la arquitectura colombiana pero no fue un teorizador de métodos y criterios para la conservación de la arquitectura. Defendió el patrimonio colombiano, en años particularmente difíciles por la política del país, por el total desinterés de los jóvenes arquitectos colombianos respecto al propio patrimonio cultural. Lo demuestran sus numerosos escritos, además de las actividades continuadas por sus alumnos después de su prematura muerte en mayo de 1969. Un colega universitario de Carlos Arbélaez Camacho, fue el ingeniero italiano Angiolo Mazzoni del Grande, quien llegó a Bogotá en marzo de 1948, pocos días antes del doloroso evento conocido con el nombre de “Bogotazo” (9 de abril de1948), que dio inicio al período denominado “La Violencia” (Niño Murcia, 2003)
Fueron años muy difíciles para la sociedad colombiana y los esperados cambios políticos no ayudaron a mejorar una situación particularmente compleja. Dentro de este contexto cultural, Angiolo Mazzoni se introdujo con su encargo en la facultad de arquitectura del Universidad Nacional de Colombia, fundada en 1936. Mazzoni no fue el único extranjero de la facultad en donde, en cambio, ya enseñaban otros europeos, en particular alemanes, austríacos e italianos. Ya desde la primera mitad del siglo xx, la política del gobierno colombiano buscaba atraer expertos extranjeros para elaborar los programas didácticos universitarios y favorecer el desarrollo cultural y económico del país (Niglio y Ramírez, 2014).
Una vez en Bogotá, Angiolo Mazzoni comprometido con su cargo como profesor en la Universidad Nacional de Colombia, no tardó en manifestar sus inquietudes respecto a un programa didáctico que no incluía el estudio de la historia de la arquitectura, ni el estudio de disciplinas orientadas a la restauración del arte y de la arquitectura. En una carta del 26 de junio de 1948, dirigida al Rector Luis López de Mesa de la Universidad Nacional de Colombia, declaró su total contrariedad respecto a una academia para nada atenta a los problemas de la conservación de su patrimonio. Así Mazzoni escribía:
“[…] El estudio, consevación, defensa y restauración de las obras antiguas históricas, histórico-artísticas y artísticas es la base esencial para la formación espiritual de los arquitectos. Dos materias de enseñanza se necesitan: Arqueología y Técnica de la Restauración de las obras artísticas y arquitectónicas” (Mazzoni, 1948, pp.51-55).
Mientras tanto, los eventos del “Bogotazo” favorecieron en una óptima ocasión para poner a punto las ideas innovadoras de muchos jóvenes apasionados de la cultura extranjera, además y principalmente de las propuestas del Plan Director de Le Corbusier para la ciudad de Bogotá (1950), tal como ya emerge claramente en los artículos publicados en los primeros números de la revista de arquitectura colombiana Proa, fundada en agosto de 1946 por el arquitecto Carlos Martínez. Angiolo Mazzoni fue alumno de Gustavo Giovannoni y trajo a Colombia toda su visión cultural italiano, que también se manifestó en algunas de sus propuestas, tanto de restauración urbana para la Candelaria, centro histórico de Bogotá, como para restauraciones de iglesias, por ejemplo la Iglesia de San Francisco de Asís en el conjunto con las Iglesias de la Veracruz y de la Tercera, entre la Avenida Jiménez y la carrera Séptima, cerca al Parque Santander (Niglio, 2013b).
Durante su larga permanencia en Colombia, entre 1948 y 1963, Mazzoni escribió muchos textos sobre la importancia de la conservación del patrimonio cultural de la nación. En la revista Colombo-Italiana publicada en Bogotá (enero–febrero 1957), Mazzoni presentó un artículo con el título La conservacion y valorizacion de los monumentos y construciones sanfafereños para la defensa del patrimonio local y el rol que este tuvo también en la formación de la comunidad civil y académica. Así recordando algunos de sus referentes científicos italianos. Escribía:
“[…] Ugo Ojetti conmemorando al escultor y arquitecto Maitani que creó la catedral de Orvieto (1310-1330) decía que la arquitectura es la manifestación de la civilización de los pueblos que la expresan, de la sabiduría política y de la cultura de quienes los gobiernan.
Las obras arquitectónicas, desde las humildes hasta las suntuosas, son las piedras miliares de la formación y de la historia de las naciones que las constituyeron. Un hecho histórico, un período de la vida y la muerte de un héroe, de un artista, de un prócer, transforman en monumento de la patria, la más humilde choza”.
Las batallas culturales que Mazzoni afrontó en Colombia, no encontró apoyo entre los colegas universitarios y entre los profesionales más interesados en los temas de la modernización (Arango, 1993).  El mismo Carlos Arbélaez Camacho, en los aquellos años, se empeñó en acciones bastante solitarias y para nada compartidas por parte de la academia y de la política del gobierno central.
Figura 1. Angiolo Mazzoni Del Grande con Padre Luis Flores de la Iglesia San Francisco de Asís en Bogotá (1956). Recuperado del Museo de Arte Moderno, MART (Italia), Archivo Angiolo Mazzoni, Album S, MAZ S13.
El pensamiento de Angiolo Mazzoni Del Grande para una teoría de la restauración arquitectónica
Su maestro, Gustavo Giovannoni, había tenido un gran papel en su formación, sobre todo influyó en sus proyectos e intervenciones en los centros históricos y para la restauración de los monumentos. Sin embargo, Mazzoni no dejó memorias o libros publicados sobre su pensamiento, pero se conservan entre Italia y Colombia muchas cartas, apuntes, artículos que nos ayudaron a entender y a reconstruir su postura y su criterio para la conservación de los monumentos. Una aclaración importante de Mazzoni fue definir primero el concepto de monumento. Así escribió en la entrevista que se puede leer en el apéndice.
[…] Son sagradas todas las construcciones y todos los lugares vinculados a hechos pertenecientes a la historia del país, o la vida de sus prohombres, de sus hijos beneméritos. Son monumentos todas las construcciones, humiles o suntuosas, que sin valor desde el punto de vista artístico tienen esas características, en abolengo histórico, pudiéramos decir.
La individuación del “monumento” implica un conocimiento muy profundizado sobre la historia de la arquitectura y del arte. Éste fue el problema más serio que encontró Mazzoni en Colombia, la falta total de conocimiento y de investigación en este campo de la historia local. Fue su propio colega Carlos Arbélaez Camacho quien empezó este proceso, pero no tuvo mucho interés después de su muerte, excepto en algunos de sus alumnos como Alberto Corradaine y Germán Téllez Castañeda, que siempre habían trabajado para proteger y preservar el patrimonio nacional, escribiendo también interesantes libros.
En realidad, las dificultades que Mazzoni encontró en Colombia, respecto al papel del conocimiento de la historia de la arquitectura y las disciplinas afines a la conservación del patrimonio histórico, fueron exorbitantes y esto lo manifestó en sus numerosas críticas a los programas académicos, además de sus difíciles relaciones con colegas y arquitectos colombianos, fascinados más por la cultura de la modernización.
Obviamente la posición del Mazzoni también fue diferente para su misma formación cultural, pero esto no le impidió manifestar en otras ocasiones sus ideas y sus convicciones. Mazzoni evidenció la importancia del reconocimiento del valor arquitectónico colonial, del sentido de monumento, del papel que este mismo tiene en la búsqueda de la identidad nacional, de la importancia de proteger y valorizar la herencia arquitectónica, también recordando algunos errores acabados en Italia y en Francia al final del siglo xix. No renunció a criticar, una vez más por la falta de formación en las disciplinas de la historia y la restauración por parte de los arquitectos y artistas colombianos y recordó el papel fundamental que deben desarrollar las Academias de Arte y las Facultades de Arquitectura. El señaló algunos proyectos en los que él mismo fue proyectista en la ciudad de Bogotá, como el proyecto por Plaza Bolívar y la restauración de la Iglesia de San Francisco (ver Figura 2), donde propuso la valorización de todo el complejo franciscano, caracterizado las tres iglesias coloniales cerca del Parque Santander en el centro histórico de la capital.
No faltaron justamente referencias a las demoliciones de edificios importantes, como el Convento de Santo Domingo y la iglesia de San Inés, cuya pérdida ha producido una gran herida en el contexto cultural, pero que los colombianos han cicatrizado enseguida en nombre de la modernidad. Interesantes son las referencias a la Plaza Bolívar, a su valor histórico arquitectónico y las propuestas proyectivas en que el mismo Mazzoni elaboró varias soluciones.
Así el tema del monumento sigue a la restauración urbana, es decir, en un análisis muy puntual de la condiciones de los edificios y de los espacios públicos para entender si estos mismos deben ser restaurados o demolidos para abrirse a nuevas intervenciones. Esto fue el tema de su maestro Giovannoni que en su libro, Vecchie città ed edilizia nuova,  quien analizó e introdujo el tema del dialogo entre el nuevo y el antiguo, una relación muy estrecha entre el pasado y el presente con el fin de definir también un nuevo estilo para la ciudad histórica. Distintamente, Mazzoni no escribió sobre esto, pero intentó explicar su pensamiento con sus proyectos y en varios artículos y entrevistas. En apéndice a esta contribución ha sido transcrita una entrevista muy importante, inédita (aquí publicada para la primera vez), concedida por Mazzoni a un periodista durante su permanencia colombiana. Esta contribución nos ayuda a entender justo los temas principales de su pensamiento por una teoría de la restauración de la arquitectura. En síntesis seis los temas principales que Mazzoni consideró fundamental para una posible teoría de la restauración en Colombia: el concepto de monumento, el casco histórico, la individuación del valor del patrimonio, el diálogo antiguo-nuevo, el conocimiento de la historia, la valorización de la identidad nacional.
Sin embargo, el proyecto que más sintetiza y explica estos temas y su teoría sobre la restauración de la arquitectura, fue el proyecto hecho para la Iglesia de San Francisco de Asís en la Avenida Jiménez con carrera 7ª en Bogotá. En un dibujo de trabajo sobre la iglesia, y que se conserva en el archivo del Museo Mart en Rovereto, Mazzoni escribía:
[…] Llegué a Bogotá el 15 de marzo de 1948. No encontré el puente que unía la iglesia de San Francisco de Asis y de la Vera Cruz al templo de la orden Tercera. Después del 9 de abril las ruinas ennegregidas del edificio de la Gobernación, me llevaron a poder imaginar de construir un nuevo edificio para la Gobernación en el cual las formas de conveniencia fueran realizada convenientemente para quienes en el trabajan, dirigiendo o poniendo en ejecución las ordenes, oficinas y salas, instalaciones y talleres propios para el desarrollo adecuado para el público; de poder aislar las tres iglesias restaurando la de la Tercera y San Francisco de Asís, volviendo a dar a la Vera Cruz su forma antigua con su alta espadaña tan hermosa adosada al muro oriental del ábside de San Francisco y reconstruyendo el humilladero construido en el año de 1542, consagrado el 6 de agosto de 1544, ampliado en 1713, destinado para inspección de policía en 1876, demolida el 2 de mayo de 1877. De esto la origen de los proyectos que dibuje en las oficinas.
Este proyecto une dos importantes tópicos del pensamiento de Mazzoni: la restauración de la arquitectura tal como él mismo la aprendió durante sus estudios en Italia y la restauración de la ciudad, del espacio público y por lo tanto, la relación entre arquitectura y espacio urbano. En particular, justo en el proyecto por la iglesia de San Francisco de Asís en Bogotá, Mazzoni introdujo el principio del “aislamiento del monumento”, una teorización de su maestro Giovannoni.
El “aislamiento del monumento” fue un método por el cual un monumento de alto valor histórico venía aislado desde el contexto, con el objetivo de conservar intacta su autenticidad material. En el caso de la Iglesia de San Francisco de Asís, este aislamiento tuvo que favorecer la valorización de las tres iglesias franciscanas, , que se muestra en la Figura 4, pero también la posibilidad de reconstruir la tercera nave de la iglesia destruida a causa de la construcción del Palacio San Francisco al principio del siglo xx (Niglio, 2013b). Este proyecto de aislamiento fue acompañado también con algunas propuestas modernas para la realización del nuevo edificio de la Gobernación, tal como muestra en la Figura 5.
En Bogotá Angiolo Mazzoni se ocupó también de otros distintos proyectos de restauración arquitectónica que siempre tenían implicaciones con el tema del espacio público y entonces con la restauración urbana. Entre ellos se mencionan: el Santuario del Cristo Caído en Monserrate, también con una propuesta de intervención nueva (1948); Intervención Iglesia franciscana de la Veracruz; proyecto de aislamiento de las tres iglesias franciscanas: San Francisco de Asís, Veracruz y la Tercera (1948-1960); intervención Iglesia de San Agustín (1951); Capilla de la Nunciatura en el barrio Teusaquillo (1951); Iglesia del Convento de la Porciúncula (1948.1963); proyecto para conservar la Iglesia de Santa Inés (1950) pero demolida para abrir la Carrera Decima (Niño Murcia, 2014).
Sobre el tema de la restauración urbana, se destacan los proyectos para la valorización de Plaza Bolivar que se muestra en la Figura 7, el centro político de la capital colombiana y la remodelación de la Plazoleta del Colegio de San Bartolomé de los Jesuitas en la Candelaria al lado del Capitolio, palacio del Gobierno Nacional. En ambos los casos, Mazzoni propone el análisis del valor monumental de los edificios para quitar los que no tienen un reconocido valor histórico y artístico y que no están en línea con la cultura local, con el fin de armonizar el espacio público al estilo arquitectónico de la colonia que para él era más adecuado porqué caracterizada en centro de la ciudad. Al mismo tiempo, el nunca renunció a proponer proyectos nuevos en el centro histórico pero siempre en línea con la teoría del dialogo entre el antiguo y el nuevo (Niglio, 2011).
Conclusiones: Hacia una cultura de la conservación de la arquitectura en Colombia
A modo de conclusión resulta interesante resaltar, cómo la actividad de Angiolo Mazzoni Del Grande en Colombia introdujo las interesantes reflexiones, tanto de carácter urbanístico como arquitectónico, sobre el tema de la conservación del patrimonio. Los dos aspectos nunca fueron separados en los proyectos suyos, ni siquiera cuando en Italia planeó estaciones ferroviarias y edificios de correos (Forti, 1978).
Mazzoni llegó a Colombia en una época conflictos políticos con el objetivo de favorecer el desarrollo cultural como profesor en la facultad de arquitectura. Se manifestó en contra de un programa de estudios que consideró incompleto por no considerar aspectos sobre conservación de monumentos. Su postura se encuentra presente en sus artículos y en sus proyectos de restauración urbanos y arquitectónicos en Colombia.
La postura de Mazzioni se focalizó en su concepto de monumento, que incluye a todos los edificios con historia, aunque estos carezcan de valores artísticos y por su historia es necesario conservarlos. También resaltó que el estudio de los monumentos se logra con la individualización del objeto, analizando los aspectos históricos. Asimismo, señaló que la conservación del monumento no es un asunto aislado sino que está relacionado con el espacio urbano. De lo anterior, obtuvo seis puntos esenciales a considerar en la restauración: el concepto de monumento, el casco histórico, la individuación del valor del patrimonio, el diálogo antiguo-nuevo, el conocimiento de la historia, la valorización de la identidad nacional.
A pesar de todo, sus inquietudes no encontraron sostén en el contexto cultural colombiano donde, aparte de las batallas y los escritos de Carlos Arbélaez Camacho, no hubo otros cotejos, sino un total desinterés respecto al patrimonio cultural nacional; un desinterés que todavía está bien manifiesto por la total falta de cursos especializados de restauración y conservación de la arquitectura en las universidades colombianas. Sin embargo, podemos considerar ciertamente su aporte como un primer acercamiento sobre el cual se puede rescatar el trabajo de Mazzoni en Colombia y sobre todo se puede iniciar a estructurar, no sólo una teoría de la restauración arquitectónica colombiana, sino estimular una sensibilización al respeto del patrimonio, tanto tangible como intangible del que Colombia es particularmente rica.
Sin embargo, estas reflexiones son el resultado de una investigación que desde el 2011 la autora de esta contribución está realizado entre Italia y Colombia y el fin principal, ahora es la salida de un libro monográfico y una exposición internacional que se realizará en el segundo semestre del 2016 en Bogotá, gracias al apoyo del Museo de Arte MART (Rovereto, Italia), la Universidad de Bogotá Jorge Tadeo Lozano, la Embajada de Italia, el Instituto Italiano de Cultura en Colombia y de las instituciones diplomáticas colombianas.
Apéndice Documental
Angiolo Mazzoni, a pesar de su incómoda posición de extranjero, en Colombia encontró interés de parte de muchos periodistas que siguieron el desarrollo de sus proyectos para la ciudad de Bogotá, pero en particular, comprendieron el valor que el ingeniero italiano quiso dejar sobre el territorio colombiano. Sobre el tema de la restauración de la arquitectura resulta muy interesante la lectura directa de un documento inédito pero sin fecha, probablemente de fines de los años’ 50 del siglo XX, compuesto por seis páginas escritas a máquina, guardado en el archivo de arquitectura moderna del Museo de Arte Moderno de Rovereto y Trento (MART) en Italia. Se trata de una entrevista de un periodista colombiano, probablemente de El Siglo, que analizó con Mazzoni los temas de la arquitectura colonial y del patrimonio colombiano. En seguida, está transcrito el documento completo para ayudar al lector a entender el pensamiento de Angiolo Mazzoni De Grande respecto a la cultura de la conservación de la arquitectura, lo mismo que a las acciones que fueron realidad de la política y de la academia colombiana sobre el patrimonio cultural en la mitad del siglo xx.
P. )  Periodista, Sr. Mendoza Varola;    M.D.G.) Angiolo Mazzoni Del Grande
P.)  1. ¿Existe – entre nosotros – un verdadero patrimonio arquitectónico colonial?
M.D.G.) Indiscutibilmente si, y subsiste a pesar de demoliciones y destrozos. Los residuos y saldos coloniales son de gran hermosura. Quedan construcciones aledañas que, separadamente triunfan y, juntas hechizan con sus encantadoras formas arquitectónicas que lucen de sencillez, hermosura, pureza, elegancia, y suma poesía.
Grande es el equivocado y dañino antojo que tiene su origen en el deseo de “hacerlo más bonito y moderno” remedando cosas vistas en Europa. Presumiendo conocimientos y dominio del arte arquitectónico, el perjudicial influjo de los artesanos – hoy día no colaboradores, sino enemigos de los arquitectos, por engreimiento y falta de facultades creadoras –  ha dado en tierra, también en las restauraciones – con bellezas coloniales, particularmente las religiosas -. Ambiente o paisajes urbanos – como hoy son llamadas por los pintores las visiones de un conjunto parcial urbano – fueron perjudicados irremediablemente. Por ejemplo: la plaza Mayor de Tunja. Antes del 13 de junio de 1953, ya la afeaban dos edificios públicos: uno de apariencias pseudo-italianas, carente del más mínimo valor artístico; otro, estridente de azulejos y demás cerámicas policromas. Después construyeron unos edificios de aparentes formas arquitectónicas actuales que se proyectaron sin tener en cuenta el ambiente característico de Tunja, ni el sitio en el que se les iba a empezar.
P.) 2. ¿Deben conservarse estos monumentos y cuál sería el medio para defenderlos? ¿Obstaculizan el desarrollo lógico de nuestras ciudades o – por contrario contribuyen a conformar su fisionomía?
M.D.G. )  Esta pregunta es divisible por lo menos, en tres preguntas.
¿Deben conservarse estos monumentos? –  Sin duda que sí; es un deber sagrado para con la patria restaurarlos y defenderlos de todo daño o amenaza de perjudicarlos. Pero antes, conviene aclarar qué debe llamarse monumento. Son sagradas todas las construcciones y todos los lugares vinculados a hechos pertenecientes a la historia del país, o la vida de sus prohombres, de sus hijos beneméritos.
Son monumentos todas las construcciones, humiles o suntuosas, que sin valor desde el punto de vista artístico tienen esas características, en abolengo histórico, pudiéramos decir. En este sentido, tienen un valor análogo la basílica de San Pedro en Roma y la humilde casita de la época colonial, que hasta hace unos años existía frente a la fachada lateral de la iglesia de San Agustín, por la carrera 7ª.
Existen – y son conjuntos de valor artístico sumo, también desde el punto de vista histórico – preciosos ambientes, como por ejemplo, las antiguas calles santafereñas, cuya armonía cromática la dan las humildes fachadas blancas de las casas, la plástica hermosura de sus tejados rojos, el dibujo y reflejo de los bermejos ladrillos de las calzadas. Hoy en día ya desaparecieron, por la ridícula búsqueda de las hermosuras que –  en lugar de embellecer, afean – esas plazoletas aldeanas de las poblaciones de Colombia, de primor insuperable.
¿Cuál sería el medio para defenderlos?
Es necesario no olvidar nunca el cuento que voy a echar. Es un ejemplo que enseña y constituye como un pórtico a lo que contrastaré para indicar los medios más indispensables para defender todo lo que llamamos “monumentos”.
El gran salvador de la economía italiana, quebrantada por el esfuerzo y las luchas del pueblo italiano para lograr su independencia y unidad, el doctor en ingeniería Quintino Sella, sumo financista y gran hombre de gobierno, llamó a Roma a Hausmann y le pidió consejo sobre al arreglo y la ampliación urbanísticos de Roma, ya capital de Italia. Para la mejor comprensión de su consejo, Haussmann empezó con un acto de contrición. Afirmó que él había perjudicado la “forma urbis” de París derrumbando obras pertenecientes a la historia y el arte de Francia, para crear alamedas y arquitecturas que actualmente admiramos. Criticaba él su obra maestra. Lamentaba que  – por amor de lo grandioso y de lo nuevo – había destruido lo que debería haber sido religiosa y cuidadosamente conservado. Aconsejaba entonces, dejar la vieja Roma intacta, quitando solamente lo feo y las injurias del tiempo y las de los hombres. Valorizando los restos de la Roma republicana e imperial, indicaba la altiplanicie de San Onofre como el lugar para construir la nueva Roma.
Haussmann aún no había regresado a París cuando ya Quintino Sella emprendía desde el edificio del Ministerio de Hacienda, una injuria al arte arquitectónico y derrumbaba la más conservada, la más interesante, la más completa de las puertas de las murallas construidas por Servio Tullio, IV Rey de Roma. Ni los organismos centrales y periféricos del Estado, ni los sabios y los cultos de Italia y del mundo, pudieron salvar ese tan valioso monumento de la historia y del arte. Desde su despacho de Ministro de Hacienda, Quintino Sella dominaba toda la vida italiana. Hombres de estos los ha habido también durante las más luminosas épocas de la democracia.
La moraleja del cuento me sirve para puntualizar lo qué debemos hacer, empezando por impedir a toda fuerza los atropellos al patrimonio artístico e histórico del país. Para la defensa de los monumentos es necesario crear en el Ministerio de Educación Nacional una entidad directiva y defensora de las antigüedades y las artes, con todas las ramificaciones que hagan operante su función. Además debe crearse un férreo estatuto legal sobre las normas que acompañan el trabajo de las oficinas gubernamentales para medir y dibujar, en su estado actual, las construcciones y ambientes urbanos o naturales de carácter y valor histórico y artístico, y para realizar proyectos de restauración y de arreglo, fijando las normas para proyectar y realizar los edificios que los rodearán, hasta vigilar a que sean construidos sin modificar sus proyectos. Una labor tan trascendental debe ir acompañada del catálogo de todas las obras de arquitectura, pintura y escultura pertenecientes al Estado, a los departamentos, a los municipios y a los particulares, para tutelarlos y conservarlos, e impedir su salida del país bajo pretexto alguno. Desde luego, esa empresa requiere preparación de personal idóneo. Las facultades universitarias deben enseñar el arte de medir, dibujar y restaurar las antiguas obras arquitectónicas. Cito como ejemplo, unos dibujos de antiguos monumentos, publicados en la Revista “L’Architettura” dirigida por Bruno Zevi, los que después de cuidadosos levantamientos, han sido dibujados y siguen dibujando los jóvenes de la Academia de los Estados Unidos en Roma, continuando las tareas de la Academia de Francia, y acompañando las de las otras Academias creadas en Roma por numerosas naciones. Finalmente, convertir después la actual Escuela de Bellas Artes en un Bachillerato Artístico que prepare para ingresar a las Facultades de Arquitectura, y aún a las inexistentes academias de escultura, pintura y escenografía, para enseñar en ellas el arte de restaurar las obras antiguas, escultóricas y pictóricas.
¿Obstaculizan  – los monumentos antiguos – el desarrollo lógico de nuestras ciudades o – por lo contrario – contribuyen a conformar su fisionomía?
De ninguna manera, por el contrario, contribuyen a darles fisionomía propia, embelleciéndolas. Hay que dejarse de los tales “planes piloto” remedos con nombre más sonoro de los “piani regolatori di massima” que hace marras pasaron de moda y se abandonaron en Italia, por lo antieconómicos y perjudiciales que resultaron para las ciudades italianas.
Es necesario estudiar el plan regulador total de las ciudades y aldeas como elementos o partes del plano regulador nacional. El plan regulador de Bogotá es más necesario con el fin de transformar esta capital, que es ciudad de calles con carreras y de carreras con calles. Y no hay que olvidar que la urbanística pertenece a la reina de las artes plásticas: la arquitectura.
Examinemos dos ejemplos que aproximativamente aclaran la necesidad de un concurso para el plan regulador de Bogotá. La Carrera 7ª, topa con la gradería de la catedral y la construcción del Banco de la Republica origina la necesidad de crear una simetría  – no geométrica, sino artística  – en la que el templo de San Francisco sea el elemento sobresaliente y central. La solución de este último problema daría la oportunidad de aislar las tres iglesias: San Francisco, la Veracruz y la Tercera; crear una lógica (Panteón) de los precursores, próceres y mártires de la Independencia, reconstruir el punto sobre la calle que separaba el convento franciscano a la Tercera y finalmente quitar ese agravio arquitectónico que es el edificio de la Gobernación, perteneciente a la época de la más honda decadencia de la arquitectura. Ninguna ciudad fue inmune al afeamiento por la construcción de edificios similares a este de la Gobernación que, por fortuna para Bogotá, es el único de este estilo en la capital de la República de Colombia.

P.) 3. ¿Qué piensa usted de las destrucciones y de las restauraciones que se han realizado hasta ahora?

M.D.G.)  Reléveme usted de contestar a la segunda parte de esta pregunta. No quiero criticar restauraciones que, no pocas veces, lo que hicieron fue agravar el problema. Por demás, conozco lo que casi siempre ha ocurrido en estas aventuras en que juegan al escondite los caprichos, los intereses, las influencias de los artesanos y maestros de obra. Es más fácil contestar la primera parte de la pregunta apelando a unos ejemplos. La demolición del Convento de Santo Domingo fue un despojo a Bogotá. Además que de esta presea del arte colonial de la cúpula de la iglesia de Santo Domingo, cuadraba dentro del panorama de Santa Fé, con la de la Catedral, con la de la capilla del Sagrario (que debe ser restaurada cuando se resuelva el problema del arreglo de la Plaza de Bolívar) y con la borrominesca de San Ignacio y su particular hermosura, latinamente católica.
La demolición de la iglesia de Santa Inés, cuya conservación habría llevado a embellecer y a quitar la asoladora melancolía de las calles trazadas teniendo en cuenta solo el tráfico de ruedas. La incalificable demolición de la iglesia de Santa Inés le quitó a Bogotá uno de sus lugares sagradamente históricos, por cuanto, allí estaba el panteón de prohombres y de próceres de Colombia.
El tercer ejemplo se refiere a Cartagena de Indias. La ciudad antigua debía quedar intacta limpiándola de todo cuando vaya en contra de la plenitud de su hermosura colonial; empezando por lo pseudo-colonial, que lejos de revalorizarla pone en tela de juicio lo genuinamente colonial. Debiera habérsela encerrado dentro de un amplio y ancho arco de parques y jardines que la deslindaran completamente de la ciudad moderna en la que libremente los arquitectos hubieran podido realizar sus más atrevidas concepciones e inventivas. Cartagena hubiera resultado la más hermosa y perfecta ciudad de las Américas y ejemplo de cómo deben ser resueltos tan importantes problemas arquitectónicos. Nombrar a Cartagena es recordar a Popayán, a Mompox, a Pamplona, y hasta las ruinas de la Villa del Rosario de Cúcuta, amén de muchas otras pequeñas localidades en que girones de plástica belleza siguieron una dulce poesía petrificada, cuya conservación es deber de arte y de historia, y quizás, también de economía, para crearle al país fuentes y atracciones de turismo.
P.) 4. ¿Qué piensa del presente y del futuro de la Plaza Bolívar?
M.D.G.)  Actualmente en la plaza Bolívar de colonial solo queda la casa de tres pisos para los diáconos, entre la Catedral y la Capilla del Sagrario. A la cúpula de esta última obra de arte colonial debieran serle repuestas sus tejas coloniales que eran como un placentero encaje, quitando esas escamas de cemento que son un ofensivo absurdo material y espiritual. Fue derrumbado, en lugar de restaurarlo, el edificio de la aduana, que era tan hermoso. La “trasformación” que se le irrigó a la Catedral le acentuó una apariencia más europea que colombiana.
El Capitolio – creado por Reed  – logró conservar su gran belleza a pesar de los árbitros de los arquitectos franceses e italianos encargados de continuar su construcción y de terminarlo. La originalidad de esta obra puntualiza que las nuevas construcciones en los costados este y septentrional deben conjugar su realización con formas propias de la arquitectura actual. El examen de las antiguas plazas – particularmente italianas – enseña que cada época dejó su respectivo testimonio: basta la plaza de San Marcos en Venecia para comprender la necesidad de que las nuevas obras comprueben cualidades creadoras en los actuales arquitectos.
Los problemas que plantea el adecuado arreglo de esta plaza de Bolívar, comprendida la plazuela de San Ignacio y los bocacalles (en una de los cuales la está “tienda del Florero”) serían los siguientes: a) El Capitolo es el elemento predominante de la plaza que, por él, es una plaza de profundidad. La gradería del edificio debe arrancar de un plano perfectamente horizontal. La nueva plaza surgirá de la solución y desarrollo que se le dé a este punto. El monumento a Bolívar tiene dos defectos: su ubicación y sus dimensiones. La estatura del monumento es despropocionada con el volumen –espacio de la plaza. La hermosura de la una no alcanza a disminuir su desproporción con el ámbito. Es una obra maestra para un museo, como la Quinta de Bolívar, en donde debería ser colocada o en una sala o en el parque, en un alto retablo de laureles y encinas, como un nicho de gloria.
El Hombre de las Leyes – al que dejó los arreos del guerrero para ceñirse los del creador civil de la República, queda bien de pie en la perduración estatuaria. Bolívar, en cambio, deberá mostrarse cruzando inmóvil en su caballo de guerra la plaza en la que culminaba cada vez su campaña creadora de patrias.
En el siglo pasado, los arquitectos fijaban sitio a los monumentos en la intersección de las diagonales de las plazas. El ejemplo inspirador era la plaza del Capitolio en Roma: este era un patio abierto hacia la majestuosidad arquitectónica e histórica de Roma y la estatua de Marco Aurelio está en el eje de la gradería de acceso a la cumbre del monte Capitolio. Además este patio era un elemento de un conjunto arquitectónico. Los arquitectos del siglo xix no supieron ver los ejemplos más puros. Las estatuas ecuestres de los Señores de Placencia no están en el centro de la plaza. La estatua ecuestre del Gattamelata en Padua, se apoya estéticamente en la iglesia del Santo, la de Bartolomeo Colleoni en Venecia, está casi pegada a la fachada lateral de la iglesia de San Juan y San Pablo. Durante el siglo xix, surgieron en el centro de todas las plazas monumentos grandes o pequeños, en estatuas de pie, sentadas o ecuestres. Imitar a Italia era moda universal. Los colombianos no pudieron sustraerse a tal capricho.
En la plaza Mayor de Bolonia – que por la ubicación de los edificios que la rodean es la más parecida a la de Bolívar – estuvo el monumento a Victor Manuel II, libertador de Italia, situada ahora en los jardines Margarita, que son un hermoso y amplio parque. Con ese cambio, la plaza recobró su primor y belleza para ser un arquetipo de plazas, no solamente en Italia, sino en el mundo.
Los otros problemas para resolver arquitectónicamente al proyectar la reforma de la Plaza de Bolívar son ya los andamios, las bocacalles, la “tienda del florero” – monumento de la libertad en la historia de Colombia  –  y la plazoleta del colegio de San Bartolomé.
Concluyo enfatizando que la Plaza de Bolívar es elemento o factor básico del plano regulador de Bogotá y que los arquitectos concursantes a este certamen asumen una doble responsabilidad: la inmediata de su desarrollo y realización, y la trascendente para la futura empresa de dar a Bogotá su “forma urbis”.
En circunstancias menos fugaces que las de un palique periodístico me detendría a hablar de la hermosura de las plazas de Italia, de la armonía de sus calles, lograda por la continua, libre, estupenda modificación de las formas arquitectónicas, como preámbulo conveniente a la proyectada transformación arquitectónica de la plaza de Bolívar, que debería incluir, desde luego, los nuevos edificios, con novedad de formas y de estructuras, al ritmo de los modernos avances de la ingeniería.
No está de sobra pensar en que los artistas pertenecen no solo al país en que nacieron, sino al mundo; así como la música, la escultura y la pintura, la arquitectura no tiene por qué ser la excepción. El arte colonial en Colombia tuvo manifestaciones que recuerdan al punto iglesias aldeanas de Cerdeña y en el del Ecuador se rememoran muchas obras construidas en la misma época en Sicilia oriental. No debe olvidarse que la cúpula de San Ignacio pertenece al mundo arquitectónico de aquel grande artista que se llamó Borromoni. Concluyo abogando una vez más por la defensa y tutela del precioso patrimonio colonial arquitectónico de esta ilustre y generosa Colombia.
Angiolo Mazzoni Del Grande
Referencias
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