Reconstrucciones

Claudio Varagnoli
Invited editor

Claudio Varagnoli es arquitecto y catedrático italiano. Licenciado en Arquitectura por la Università degli Studi “La Sapienza” di Roma, con una disertación sobre el restauro en el siglo XVIII, en 1987 consigue el título de doctor en “Conservazione dei beni architettonici” por la Università “La Sapienza” de Roma.  Desde 1990 se dedica a la didáctica y a la investigación en el Dipartimento di Architettura de la Università di Chieti-Pescara, donde, desde 2001 es catedrático de “Restauración arquitectónica” y de “Teoría y historia de la restauración”. En esta misma universidad, ha coordinado los cursos de doctorato en restauro y un master en “Conservazione e recupero dell’edilizia storica” (2005-2008). Desde 2013, es profesor de “Teoría y práctica de la Restauración” en la Escuela Italiana de Arqueología en Atenas. Es responsable de convenios internacionales con Universidades de México (UNAM) y España (Universidad de Alcalá de Henares, Universidad de Zaragoza).

Ha supervisado varias intervenciones de restauración, como en el conjunto del Viale del Foro Italico en Roma; participa a los programas de rehabilitación de los centros históricos en Abruzzo después del terremoto de 2009. Ha publicado estudios sobre la arquitectura del siglo XVIII y sobre la historia del restauro en Italia. Además, es autor de aportaciones sobre teoría del restauro, con una especial atención hacia el tema de la autenticidad, y sobre la relación entre la proyectación contemporanea y la conservación.

El tema de la reconstrucción tiene hoy significaciones distintas de lo que ha sido elaborado por la cultura clásica – entre los siglos XIX y XX – de la restauración. El siglo que comenzó con la sangrienta destrucción de las Torres Gemelas en Nueva York y continuó con la destrucción de los monumentos de Afganistán, Palmira y Siria, arroja nueva luz sobre el significado de la reconstrucción después de una tragedia.

La reconstrucción a la que se hace referencia en este número de Gremium es aquella que busca restaurar un edificio al estado anterior al evento destructivo, generalmente respetando al menos el sitio y las cualidades formales originales. Como se sabe, esta es una práctica que muy a menudo se ha traducido en la producción de réplicas que pretenden repetir técnicas, materiales y artesanías de otros períodos históricos. De ahí el carácter inauténtico de estas realizaciones, que no convencen al conocedor y al experto, ni logran cautivar al visitante. Alois Riegl había señalado, en Der moderne Denkmalkultus (1903), la importancia de la percepción de la antigüedad en un edificio, acuñando el término de Alteswert. Esta alteridad de la obra en comparación con el contexto actual es la base de las principales corrientes de pensamiento que han dado forma a la idea de restauración en el siglo XX. El documento que resume y conduce a la regulación normativa de estas tendencias, la Charte de Venise, ha tratado de poner fin a la práctica de la reconstrucción, frecuente en los largos años del período de posguerra.

Sin embargo, el contexto cultural y social actual nos lleva a una reconsideración de lo que se ha hecho hasta ahora. La relectura global del esfuerzo realizado por varios países involucrados en las guerras del siglo XX muestra que las reconstrucciones siempre han sido cargadas de significados humanos y espirituales que van más allá de la mera materia. La voluntad de los polacos de reaccionar ante la estrategia de cancelación implementada contra su país, el esfuerzo paciente de recomponer los pequeños fragmentos resultantes de los bombardeos o terremotos de las iglesias italianas, siguen viviendo en el resultado final, que por lo tanto, no puede evaluarse solo como copia o anastilosis.

Naturalmente, el término reconstrucción abarca una amplia gama de significados. Se extiende desde experiencias arqueológicas orientadas a la didáctica o el entendimiento científico, como en la antigua Grecia o en el México de Teotihuacán; hasta reparaciones y reemplazos que se realizan después de un terremoto, con el objetivo de salvaguardar vidas humanas; a la producción de clones, diseñados con la intención de restaurar la experiencia de una obra perdida o distante geográficamente.

La cultura alemana distingue entre la reconstrucción dirigida al estudio de edificios perdidos o reducidos al estado fragmentario, y la realización de un edificio nuevo que incorpore los restos anteriores, con nuevos lenguajes tembién, replicando las partes faltantes o devolviendo solo las características esenciales releídas con la conciencia de la distancia histórica. Las grandes reconstrucciones de Hans Döllgast, Josef Weidemann y otros en Munich son ejemplos que hacen suyos los significados morales del contexto en el que nacieron, pero sin negar la obra original. De ahí el profundo valor interpretativo de cada reconstrucción: que surge de una hibridación entre diferentes épocas y por esta razón, mucho más llena de significados.

Como hemos dicho, el acto de reconstruir no puede separarse de las motivaciones que lo guiaron: por lo tanto, para evaluar una obra de reconstrucción será necesario relacionarla con el evento destructivo que está a su origen. La reconstrucción después de una guerra, por ejemplo, puede tener lugar con la esperanza de que tal acontecimiento no vuelva a ocurrir. La situación cambia en la reconstrucción post-sísmica, cuando cada intervención debe tener en cuenta la posibilidad de nuevos sismos y, por lo tanto, de una nueva destrucción, poniendo en primer plano la salvaguarda de la vida humana. Esto nos obliga a repensar al edificio dañado, teniendo claramente en cuenta su autenticidad, pero sin duda verificando sus características estructurales. Lo mismo se aplica en el caso de otros eventos desastrosos, tales como: deslizamientos de tierra, incendios, tsunamis, actos de terrorismo. Tampoco debemos olvidar la destrucción inducida por la negligencia voluntaria: esto es lo que ocurre en los casos de recuerdos “negativos” o portadores de conflictos, como los edificios y los testimonios de dictaduras y regímenes autoritarios en general. Pero incluso la especulación inmobiliaria puede llevar a procesos de destrucción/reconstrucción, como lo demuestran los eventos de muchas ciudades en el continente americano, en particular o los procesos de renovación activados en Rusia después de la caída del régimen soviético.

Dejar este enorme campo de la actividad humana a la condena impuesta por los documentos internacionales es impensable, así como estratégicamente infructuoso. No se puede pensar en la reconstrucción solamente como una actualización deslumbrante de un edificio perdido, y por eso, el resultado de una indiferencia sustancial hacia el pasado. Si se rige por la atención filológica, por la atención a la continuidad con los restos del pasado, por el conocimiento del “lenguaje” hablado por el edificio destruido, la reconstrucción puede ser un valor, y no una práctica que debe condenarse. El sentimiento contemporáneo tal vez ha superado la etapa predicha por Riegl cuando predijo la difusión de Alteswert. Hoy en día, gracias a muchos ejemplos de arte y arquitectura contemporáneos, es posible hablar de un valor de hibridación, abriendo así a la posibilidad de reconstrucción que cuentan su historia con ladrillos y piedras, mostrando lágrimas y discontinuidad, pero aceptando la tarea moral de reanudar las filas que unen los seres humanos a su patrimonio histórico. Si el principio pertenece al Creador, la misión de los hombres es recomenzar.

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